viernes

Mientras me hacía la dormida...

Mi cabeza reposaba en tu hombro y con tu brazo rodeabas mi espalda. De repente te despertaste e hiciste un pequeño movimiento que me dio a entender que te querías levantar. Podría haberte facilitado la tarea, pero sabía que de hacerlo, perdería ese lugar en tu hombro en el que tan bien me sentía y ya no lo podría recuperar, así que elegí quedarme inmóvil pretendiendo estar dormida y dejar que fueras vos quien decida si ese lugar no era para mí.

Y así lo hiciste. Con delicadeza recorriste con tu mano mi espalda justo antes de cambiar tu hombro por esa almohada, en la que ahora, reposaba mi triste y fallido intento de quedarme en ese lugar en tu hombro, un lugar que ahora sabía que no era para mí. Te levantaste lentamente como intentando que no fuera a despertarme y con unos cautelosos pasos dejaste la habitación. Y a mí con ella.

Permanecí inmóvil por un instante, tal vez si me quedaba en la misma posición y con los ojos cerrados podía imaginar que no te habías ido, porque todavía podía sentir tu calor y tu perfume, que aun estaba presente al lado mío, impregnado sobre esa almohada que ahora era demasiado grande para mi sola. Así me quedé durante unos minutos, esperando oír el sonido de la puerta de entrada diciéndome: Listo, ya se fue, ahora podes comenzar a extrañar.

Pero no la escuché. Porque no te fuiste. Con esos mismos cautelosos pasos con los que te habías alejado, regresaste a la habitación. Lentamente como te habías levantado, volviste a acercarte a mí. Suavemente como intentando que no fuera a despertar, me corriste el pelo y cambiaste despacito esa almohada enorme, por tu hombro bajo mi cabeza. Con delicadeza recorriste con tu mano mi espalda y me envolviste en un intenso abrazo, al que yo, con una sonrisa, respondí. 

Y así nos quedamos por unos instantes. 


Abrazados, como si de no soltarnos dependieran nuestras vidas.